INGLÉS
WEDNESDAY, november 6TH, 2024
domestic animals
Thursday, november 7TH, 2024

Hoy son las tan esperadas exposiciones de los circuitos elaborados por nuestros estudiantes junto con sus dedicados padres.
PEACE CATHEDRAL
Thursday , november 7TH, 2024
Aprende sobre la soberbia leyendo el siguiente informe, colorea la imagen.
Teniendo en cuenta el cuestionario responde las siguientes palabras
1. ¿Qué es la soberbia?
2. ¿Qué otros antivalores posee un soberbio?
3. Un soberbio también es vanidoso, ¿Por qué?
4. ¿El soberbio necesita de Dios?
5. ¿Cómo se puede vencer la soberbia?
SOCIALS SCIENCES
FRIDAY, november 8TH, 2024
Activity # 1
Entregar taller a los estudiantes que no estuvieron presente en el encuentro de Regiones.
Activity # 2
Completa la actividad teniendo en cuenta las recomendaciones.
STATISTICS
Friday, november 8TH, 2024

READING PLAN
Friday, november 8TH, 2024

FINALIZAMOS CON NUESTRA VISITA AL ZOOLOGICO.
momentos
lee LA HISTORIA QUE ESCOGISTE EN EL SALÓN,
escribe UN RESUMEN O LO QUE MÁS TE LLAMO LA ATENCIÓN DE ESTA LECTURA.
represéntalo CON UN DIBUJO TAMBIEN.
historia # 1
Manso como
cordero
NUESTRO “zoológico” nos lleva ahora a un sector
particularmente interesante. Hasta aquí hemos visto
el comportamiento real o fabulado de muy diversos
animales. Pero en esta página deseamos presentar al
manso cordero con su elevado simbolismo espiritual.
Proverbialmente dócil y manso, el cordero ha sido
utilizado desde los albores de la humanidad como
víctima propiciatoria para la obtención del perdón
divino. Tal fue la modalidad del culto hebreo
durante muchos siglos. Pero el sacrificio diario
del cordero dentro de la liturgia hebrea, era
apenas un símbolo del otro Cordero, de quien San
Juan el Bautista dijo: “He aquí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo” (S. Juan 1: 29).
Ya el profeta Isaías, setecientos años antes
había anticipado la muerte expiatoria de Cristo,
con estas palabras: “Angustiado él, y afligido, no
abrió su boca; como cordero fue llevado al
matadero; y como oveja delante de sus
trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca”
(Isaías 53: 7). “No abrió su boca”. Como el cordero
no opone resistencia cuando es sacrificado, así
Jesús —el “Cordero de Dios”— tampoco se resistió
para librarse de la muerte. El que había venido
“para dar su vida en rescate” de la humanidad (S.
Marcos 10:45), depuso su vida como una ofrenda de
amor para asegurar nuestra redención.
San Pedro afirma que fuimos rescatados de nuestra
“vana manera de vivir... con la sangre preciosa de
Cristo, como de un cordero sin mancha y sin
contaminación” (1 S. Pedro 1:18, 19). La entrega
voluntaria de su propia vida, como un dócil cordero
derramando su sangre en el sacrificio, convierte a
Jesús en el Redentor del mundo. Y aceptar por fe
este sacrificio del Hijo de Dios, es la mayor
adquisición que persona alguna pudiera hacer en su
vida.
Temprano por la mañana, cierto granjero advirtió
que una de las gallinas del corral estaba rígida e
inmóvil, mientras varios de sus polluelos piaban
debajo de ella. ¿Qué le pasaba a la gallina? Una
comadreja le había chupado toda la sangre. Pero el
ave permaneció sin moverse, para evitar que la
comadreja matara también a sus pollitos. Jesús
también permaneció inmóvil. Pudiendo librarse de la
cruz, prefirió quedar en ella y derramar su sangre
para darnos su vida. El Cordero de Dios murió por
nosotros. “Él fue herido por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados; y por su llaga
fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).
Pero el que ayer murió por nosotros como un
cordero, es hoy nuestro divino Pastor. Y en tal
carácter, él desea guiarnos como ovejas y corderos
de su rebaño. Quiere seguir manifestándonos su amor
perdonador y transformador. Quiere ser el Salvador
de nuestra vida. Por lo tanto, podemos allegarnos a
él en busca de ayuda y comprensión. Podemos
confiarle nuestros problemas y necesidades, seguros
de ser auxiliados. Él puede bendecir nuestras
familias y nuestros trabajos cotidianos. Quiere
sostenernos en nuestras luchas, y aligerar nuestras
cargas. ¡Qué Cordero tan amante, que nos dio su
vida! ¡Qué Pastor tan bueno y poderoso, que nos
rodea con su cuidado paternal!
El libro bíblico del Apocalipsis menciona muchas
veces al “Cordero” como el Cristo victorioso,
reconocido y alabado por todos los redimidos. Que
este mismo espíritu de gratitud y alabanza domine
cada día nuestra vida. Esto llenará de gozo y de
paz nuestro corazón.
HISTORIA # 2
Fuerte como león
NUESTRO “ZOOLÓGICO” sería incompleto si no
presentáramos aquí al “León de la tribu de Judá”
(Apocalipsis 5:5). ¿Quién es este León? Así como el
león común es “el rey de la selva”, este León
supremo es el Rey del universo, Creador de los
cielos y de la tierra, cuyo poder excede todos los
poderes del mundo.
El manso Cordero y amante Pastor, a quien
presentamos como tal en nuestro tema anterior, es
llamado también “León”, en virtud de su fuerza y su
poder. Este es uno de los tantos nombres que recibe
Jesús, quien fue tierno para morir, pero poderoso
para resucitar. Y su poder ilimitado se advierte
desde la misma creación del mundo. Su sola palabra
trajo a la existencia todo lo que vemos. “El dijo,
y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmos 33: 9).
“En él fueron creadas todas las cosas, las que hay
en los cielos y las que hay en la tierra, visibles
e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean
principados, sean potestades; todo fue creado por
medio de él y para él” (Colosenses 1:16).
Cierto día Miguel Ángel visitó el estudio de
Rafael. Pero el gran pintor estaba ausente. Como el
criado le preguntara su nombre, respondió trazando
sobre la pared un rostro humano. Al regresar
Rafael, el criado le dijo que había llegado un
visitante que no había querido dejar su nombre,
pero que en cambio había hecho esos trazos sobre la
pared. Cuando Rafael observó tales trazos, exclamó
admirado: “¡Sólo puede ser la mano de Miguel
Ángel!”
Y así como esas líneas revelaban la mano
inconfundible del gran artista, de igual manera el
mundo natural revela el arte inconfundible del
divino Creador. La perfección y la belleza, unidas
a las leyes que las rigen, proclaman la sabiduría y
el poder de un Dios infinito. ¿Quién sino él pudo
haber creado tanta maravilla? Las explicaciones del
incrédulo, que descartan la acción creadora del
Todopoderoso, no alcanzan a convencer la razón.
Dios estaba primero. El lo hizo todo. La fuerza
de este “León” —Dios en persona— no tiene rival.
Nadie puede arrebatarle su poder creador y
sustentador. “El es antes de todas las cosas, y
todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17).
Pero este Dios, Jesucristo, no sólo es el Creador
y el Sustentador de todo lo existente. Es también
el Redentor, quien provee vida eterna al que lo
acepta como tal. Él tomó la naturaleza humana, para
luego ofrendarnos su vida. “No hay otro nombre bajo
el cielo, dado a los hombres, en el cual podamos
ser salvos” (Los Hechos 4:12).
Nadie ha vencido a este “León”, ni lo vencerá. Es
el eterno Vencedor. Venció a la muerte, y a todas
las fuerzas que se levantaron contra él. Por eso,
él mismo declara: “Confiad, yo he vencido al mundo”
(5. Juan 16:33). El poder de Cristo no ha menguado
con el paso del tiempo. “Jesucristo es el mismo
ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Y lo
que llena el alma de confianza es que él obra con
su poder dentro de nuestro corazón.
Con su poder, Cristo renueva nuestros
pensamientos, transforma nuestro carácter y
ennoblece nuestras acciones. Sólo él mediante su
Espíritu puede darnos vida nueva y vida eterna.
Este divino “León” nos libra del mal; nos protege
ante cualquier agresión o peligro. Y nos dice: “No
temas, confía en mí. Yo te salvaré”. ¡Vale la pena
recordar cada día esta preciosa promesa de
salvación!
¿Qué te daré, Señor?
Cantar, Señor, tus dones desearía;
cantarlos no, gritarlos ante el mundo,
decirlos en un himno, tan profundo,
que resonara siempre, noche y día.
Así mi voz sincera llegaría
a ensalzar tu poder magno y fecundo;
así también mi amor, grato y profundo
estampado en sus notas quedaría.
Era yo nada: tú de ella me sacaste;
manchado vine: y tú me redimiste;
mucho pequé: mas tú me perdonaste;
maldito estaba: y tú me bendijiste.
¡Gracias, Señor, por cuanto me otorgaste!
¡Gracias sin fin, por lo que tú me diste!
Comentarios
Publicar un comentario